De Untamed…

¿Por qué a las mujeres nos parece honorable desestimarnos a nosotras mismas?
¿Por qué hemos decidido que negarnos lo que más deseamos es lo responsable por hacer?
¿Por qué creemos que lo que nos emociona y llena lastimará a nuestra gente?
¿Por qué desconfiamos de nosotras tan absolutamente?

Cuando somos niñas, nuestras familias, maestros, y compañeros insisten que nuestras voces altas, opiniones audaces y atrevidas, y fuertes sentimientos son “demasiado” e “impropios de una dama”, así que aprendemos a desconfiar de nuestras personalidades.

Los cuentos de niños nos aseguran que las niñas que se atreven a salir del camino marcado y a explorar son atacadas por lobos feroces y pinchadas por espinas mortales, así que aprendemos a desconfiar de nuestra curiosidad.

La industria de belleza nos convence día a día que nuestros muslos, caderas, piel, uñas, labios, chinos, pestañas, pelo en las piernas, arrugas, son repulsivos y deben ser cubiertos, eliminados o manipulados, así que aprendemos a desconfiar de los cuerpos que habitamos.

La cultura de dieta nos promete que controlar nuestro apetito es la llave a nuestro valor, así que aprendemos a desconfiar de nuestra propia hambre.

¿Cuántas veces no hemos oído (de hombres Y mujeres): “No es que un hombre borracho se vea bien, peeeeero en una mujer es inaceptable!”?

No nacemos desconfiando y temiendo de nosotras mismas. Eso es parte de nuestro condicionamiento y domesticación. Nos enseñaron a creer que quienes somos en nuestro estado natural es malo y peligroso. Nos convencieron de tener miedo de nosotras mismas. Así que no honramos nuestros cuerpos, curiosidades, apetitos, juicios, experiencia, o ambición.

¿Y por qué? Pues porque nuestra cultura se construyó sobre y se beneficia del control de la mujer. Pero lo que el mundo más necesita son masas y masas de mujeres que estén total y absolutamente fuera de control.

¿Y qué podemos hacer al respecto?
No es fácil romper con patrones, líneas de pensamiento, filosofías de vida, estereotipos, estándares sembrados hace tantos y tantos años que ni siquiera somos conscientes de ellos. Lo que es más, en muchos casos, las personas que nos los enseñaron tampoco fueron conscientes ni se lo cuestionaron, simplemente repitieron lo que a ellos a su vez les enseñaron. Así que se me ocurre empezar por ahí, por cuestionarnos absolutamente todo y que lo hagamos en voz alta, por muy poco propio de una dama que eso parezca.
Cuestionemos los cuentos de hadas.
Cuestionemos los estándares de belleza.
Cuestionemos a las figuras de autoridad.
Cuestionemos a nuestras parejas.
Cuestionemos todo aquello que considerábamos incuestionable.
Cuestionemos lo que nos enseñaron nuestros padres antes de ir a enseñarles lo mismo a nuestros hijos. Y no, eso no nos hace desleales, malagradecidos, ingratos y malos hijos. Al contrario, de esa forma honramos sus enseñanzas y las hacemos nuestras. Cuestionando, razonando y decidiendo por nosotras mismas.
Enseñemos, no solo a nuestras hijas sino también a nuestros hijos, a cuestionarse todo. Si, TODO, incluyendo lo que nosotros les decimos y enseñamos, y sobre todo, permitamos ser cuestionadas por ellos que son grandes maestros.

Cambiemos el “porque lo digo yo que soy tu madre”, por un “es una buena pregunta para la que no tengo respuesta, deja lo pienso y te resuelvo más tarde”.

Con amor,
Bea

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